domingo, marzo 15

Y en esto llegó Xacinto

Debatía yo con el amigo Ceriñola en los comentarios precedentes sobre cual seria en escolio de Gomez Davila apropiado para cerrar la entrada anterior de la manera mas apropiada. Porqué seguro que tiene que haber alguno.

En esto el amigo Xacinto se descuelga con una gloriosa entrada que empieza con este escolio:


El optimismo es la adulteración de la esperanza.
El pesimismo su posesión viril.
Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg.149.
El resto de la entrada es igual de fascinante, os recomiendo leerla.




lunes, marzo 9

Hace ya 10 años


Hace no mucho tiempo, un lector de esta bitácora, a quien mucho admiro y más quiero por ser familiar cercano, me dijo en el curso de una conversación: 
- La cosa es, que a ti lo que verdaderamente te gusta y te atrae son los perdedores. 
No me había dado mucha cuenta hasta entonces, pero este lector me hizo entender que esa era la realidad de las cosas: me atraen las causas perdidas de cualquier forma y estilo. Me gustan los perdedores.

Siempre he pensado que el Cristianismo mismo es una causa perdida....de aquella manera. Al fin y al cabo, nuestro Fundador terminó sus días solo, abandonado de todos y de la manera más infame que en su tiempo podía acabar uno. Además nos advirtió que no seríamos sus seguidores más que Él. No se si esto quedó claro. 

Y luego uno puede leer Lc 18,8 y ponerse a pensar. 

O lo que Benedicto XVI dijo sobre el futuro de la Iglesia en el "Informe sobre la Fe".

En fin, en las semanas siguientes reflexioné sobre lo que me dijo aquella persona. Y llegué a ciertas conclusiones.

Lo bueno de las causas perdidas es que, por perdidas, no tienen la oportunidad de desvirtuarse o de convertirse en cosa distinta de la que eran.

Lo malo de las personas, causas u organizaciones "ganadoras" (de todo tipo)  es que, una vez conseguido el triunfo (que se suele medir por número de seguidores) la cosa se desvirtúa. Se deja de poner toda fuerza y empeño en lo que era su misión primigenia y solo se incide en mantener la ventajosa posición obtenida. Para esto es, lógicamente, necesario convertirse en organización de masas rebajando exigencias y plegándose a la volubilidad de la plebe. 

En el mejor de los casos (o en sus primeros estadios) se utiliza la posición para beneficiar a los seguidores. En el peor de los casos (o en sus estadios de maduración) son los componedores, los que aprovechan el sacrificio y lucha de los de la primera hora, para hacerse su hueco y disfrutar en exclusiva de prebendas y sinecuras. Hasta que la cosa no da más de si y se viene abajo. Los componedores, las gentes de éxito, van a la siguiente ubre desplazando a los luchadores de primera hora una vez más. 

Y así avanza el mundo. Protegemos el idolillo del éxito con usura, no vaya a ser que se nos pierda, nos lo quiten o se rompa.  Como si el idolillo fuera el fin último. Cuando el fin último es...o...era otro, creo. 

Y Santo Tomás Moro nos interpela, con su cabeza como badajo de la campana de nuestra conciencia. 

¿He dicho que me atraen los perdedores?. No, rectifico: Yo estoy con los luchadores, rara vez con los ganadores.

Claro que, con el tiempo uno se cansa y se quema de las causas perdidas. Esa es la realidad. Pero el caballo ganador tampoco acaba de atraer. De modo que termina uno dejándose mecer en una especie de inconsecuencia vital. Y sobre la inconsecuencia vital no hay mucho que escribir. Y en eso estamos. 

Hace 10 años comencé a escribir este blog. Aquí tenéis la primera entrada

Y aquí seguimos: down, but not out

Mi canción favorita sigue siendo The Boxer (en esta versión donde Garfunkel la caga).